Hola, habitantes. Después de
tantos vídeos sobre la edición de mi libro RADICAL
INDEFINIDO, no puedo por menos que traeros uno de sus relatos, tal
vez el más surrealista e hipnótico. Un amigo escritor me dijo: «No
entiendo nada de lo que dices, pero me encanta la música». A
disfrutar.

No dijiste nada cuando
presentiste el naufragio. Vi que estirabas una amplia sonrisa,
cruzabas las piernas y apretabas tus moléculas una sobre la otra,
inaccesible, impenetrable, flotando tímida y terrible sobre el humo
del cigarrillo que encendías con parsimonia mientras anunciabas con
una voz dulce y grave que me hizo estremecer: «Se nos está haciendo
tarde, querido».
Y era cierto. Muy a mi pesar era cierto. Se nos estaba haciendo
tarde, sí; las olas habían invadido la cubierta y el vigoroso
viento racheado amenazaba ya con derribar el mástil principal del
navío de hierro que comandabas y comandaba yo a veces también,
creo, tendrás que reconocer que esporádicamente
yo también he llevado el timón y hasta he sorteado alguna que otra
borrasca, aunque con resultados diversos, eso es cierto, vías de
agua e incesto, sudoración extrema, huracanes que arrancan las velas
de un manotazo y te dejan desnuda frente al espejo con esos senos
blancos, tersos y globales que te preceden en la lucha, rastreando el
terreno con decisión y paso firme, trotando feliz y despreocupada en
los prados plagados de minas, descubriendo continentes anegados y
embarrados de los que siempre sacas una enseñanza, lo que no te mata
te hace más fuerte, dices cuando ya te faltan cuatro brazos y cinco
piernas y varios hígados tras la interminable y encarnizada batalla,
lo que no te mata te hace más fuerte. Desde luego, amor, te hace
mucho más fuerte, pon cuidado que se te cae la sopa por la comisura
de los labios, el brazo biónico que te han tenido que injertar tras
el último arrebato no atina bien, sabes de sobra que tienes que
practicar un poco aún antes de llegar a poder ser ¿autosuficiente,
dicen? Convendrás conmigo que es una palabra un tanto extraña. El
mundo, mi mundo comenzó con un sí. Y autosuficiencia suena a no. A
un no autoinmune y automático, repetitivo, autoritario, un no en
cascada, doscientos mil noes desatados y traviesos que empujan en un
descuido tu cuchara de fideos humeantes y consiguen entre risas que
el puré no llegue a la boca y se derrame sobre tu babero, mientras
una lágrima asoma en tus ojos y dice, muy bajito, casi de forma
imperceptible: «Basta».
Pero nada
más decirlo recuerdas que el universo y su prehistoria llevan todo
un día dando vueltas, un día cinético y circular, bucles de tiempo
desatado y confuso.
Siempre has
sabido, o intuido, que esto es un asunto de moléculas y cromosomas y
pasiones inconfesables que nacen ahí, en las mitocondrias de esas
células que se multiplican sin fin en tu interior y te hacen
pronunciar incongruencias. Y ejecutarlas, que es peor. Qué le voy a
decir a mi hijo el lunes por la mañana, porque el fin de semana que
lo precede derribas un par de pinos y los conviertes en mondadientes,
madera picada pero con su forma, con su utilidad incuestionable,
unidades servibles, unidades de confort mórbido que se te clavan en
la encía chirriando, con furia planetaria, porque a nadie le gusta
ver sus sueños estuchados en una caja de palillos planos que buscan
restos de comida y babas de mono.
A la gente
le gusta cuando te pones el vestido amarillo, cuando sonríes y
brillan tus dientes de arroz, cuando la tarima está sana y retumba
con tus altos tacones que bailan una melodía alegre y familiar en la
sobremesa regada de vino tinto, espeso, tibio, algún niño tirándote
de la manga y pidiendo que cantes otra, o que le des otro caramelo de
fresa, o que te acurruques con él apretaditos junto a la estufa de
incienso. A la gente le gusta sentir que forma parte de tu alegría,
que tu anillo es su anillo, que tus heridas solo te importan a ti y
que nunca hay mucha ropa por lavar, qué bien que huele todo. A la
gente le gusta saber que no son tú. Y a ti también te gustaría no
ser tú, me consta. Te pones en órbita en cualquier acera que tenga
un semáforo en rojo y echas a volar con decisión,
o por lo menos eso es lo que me parece a mí desde aquí, en
el oscuro interior de
esta incómoda gruta resbalosa desde la que sigo tus movimientos
adustos.
Apareció
el cartero a eso de las doce y hubo por fin calma. Cómo le agradecí
su llegada, esa intromisión carterística característica de los
carteros que recorren la ciudad no en busca de nada, sino repartiendo
universos en sobres franqueados. Me resulta obsceno que se presten a
ello mis vecinos, pero más indecente si cabe me parece que seas tú
la que se presta, una colección de palillos provechosos e
inservibles junto a un taco ingente de sellos, una torre de
estampitas caducas, decenas de insultos contenidos y declaraciones de
amor abortadas, pero eso sí, con su firma y su rúbrica bien
visibles, no vayan a carecer de identidad y se pierdan en las
tempestades de sueños y anhelos de los cafres que te rodean, que te
habitan, que cobijan tus malogradas y enfermas ambiciones, pero
enfermas de un resfriaducho bañado en mocos, no una enfermedad
venérea de tanto follar en los jardines de los lujuriosos dioses,
no, nada de eso, ambiciones desgastadas en conversaciones estériles
y eternas, sueños marchitos por haber perdido el autobús porque
está lloviendo y cosas así.
Los
verdaderos sueños —si es que existen sueños verdaderos y falsos—
son demasiado grandes para viajar en un sobre, necesitan un vagón
con chimenea y nevera. No hay nada que le siente peor a un sueño
compartido que los cambios de temperatura, tu temperatura fría,
gélida, mi temperatura que hierve, tu temperatura en ebullición, mi
temperatura cubierta de hielo en un mismo sueño que salta por los
aires como un vagón en vía muerta, loca locomotora que viaja sin
rumbo hacia un horizonte trazado por firmes raíles de acero y tu
corazón caníbal. Sí, ya sé que eres vegetariana, desde luego, qué
me vas a contar.
Cuando fuimos de excursión al
monasterio de los curas célibes dejaste las compuertas bien
abiertas. Fue por ahí por donde entraron las primeras olas, los
primeros y tímidos tifones se gestaron ahí, en esos amplios ojos de
buey que tú cubriste con hermosos visillos, hechos a ganchillo,
creo. Un espacio franco y luminoso sobre el que se erigía aquella
escalera de caracol que te trasladaba a un nuevo universo; se trata
de dar vueltas, sube y baja escandaloso en cada maniobra y
exhibición, canturreando con rabia cuaternaria un par de sílabas, y
letras y palabras, y letras y frases que se deshacen, que estallan en
tus manos porque lo que es tú hablas sin filtros, siempre dices lo
que piensas, caiga quien caiga.
Y es así,
querida, como se escalda el ambiente, la plataforma unida y barroca,
la coca-cola de la vida amorfa. Creo que fue toda esa cafeína la que
consiguió desquiciarte tan de cuajo, tan sopapo que te mereces.
Tú, que
has anidado en mi mente desde siempre, desde que tengo recuerdo y
memoria vives ahí, vagando entre la niebla de tu propio embrujo,
como una reina. Aunque una reina un poco nerviosa, eso sí, esa
pierna tuya a cada rato bamboleante, ritmo tipo tembleque deslomando
el urinario entre rayas oblicuas que estremecen. Es Roca, claro que
es Roca. De la buena.
Esa fue la primera vez que te
escuché cantar en la tormenta. Tengo que decir que suena bonita tu
voz camuflada, oculta entre corcheas y diapasones insanos. Mullidas
claves de sol se agolpan entre las costuras de tu vestido de seda,
confusas baladas desafinadas sobre las que emerges con el pelo
suelto, con el estómago abigarrado de conjuros y desbocados animales
de granja en manada, todo ello envuelto en una sinfonía atronadora y
turbia sobre la que se intuye a Brahms. ¡Brahms!, más o menos así
sonó mi corazón cuando se desplomó todo aquello. ¡Brahms! Eran
notas asincopadas y maltrechas, eran notas que asomaban tras las
esquinas y te entraban por los oídos rampando, a rastras, hincando
los codos en los tímpanos enrojecidos por el cloro, ese cloro con el
que llenabas la piscina con forma de guitarra que adornaba tu jardín
repleto de flores y plantas, una selva acuosa más allá de los
sollozos de tus amigos más próximos, y quien dice amigos dice
también familiares y hasta amantes de todos los signos, en esa
jungla canela que se extiende a través de tus largos paseos por los
dominios de estos curas célibes y también un poco cabreados, sobre
todo los fines de semana en los que aparece tanta gente con ganas de
deambular por delante de su misión, de su monasterio, de ese trocito
de playa que ellos creían que era suya pero que en realidad es de
todo el mundo y todo el mundo opina, y hasta colocan piedras en forma
de torreta, y sombrillas, y construyen castillos de arena sobre los
que los más osados incrustan pedacitos de sus vidas y te los
muestran a la luz del sol, así, tan campantes, echándote su fétido
aliento mientras mastican tortilla de patatas, o tabaco, o chicles
apestosos.
Tú te
mostrabas muy comprensiva y hasta cariñosa con ellos. Me invadía la
ternura al observarte desde la distancia, ver cómo acariciabas las
cabezas de sus chiquillos, te escondías formando parte de sus
torpes juegos y les regalabas tu sonrisa madura y traviesa. Eso les
fascinaba. Era un primor verlo. Y volvían al día siguiente. Pronto
instalaron una tienda de campaña en la playa de los curas célibes y
jugaban largas horas al parchís. Se mareaban con la luz cenital del
mediodía. Santos. El rubito pequeño se llamaba Santos. En realidad
todos eran santos, no me cabe la menor duda. O tal vez fueras tú la
santa y yo no supe verlo, nublado por esas gafas de sol que me
regalaste el día de nuestro aniversario y que yo no me quité jamás,
satisfecho, orgulloso, casi levitando sobre el techo de lo que hemos
edificado juntos y nos pertenecerá por siempre.
Lo que no te aporta te resta,
decías, o lo que no te suma te resta, algo así, pero en cualquier
caso se trataba de una operación aritmética de gran valor moral.
Tú siempre
tan aficionada a atribuirte palabras ajenas, gestos ajenos, modales
ajenos, gustos ajenos, hasta que llegaste a no saber quién eras en
realidad, si eras tú o un conglomerado de turistas en tu corazón
siempre de fiesta.
Resulta
molesto que alguien, de improviso, irrumpa en tus sueños. Tus sueños
son tuyos, no tienen derecho a inmiscuirse, a entrometerse, nadie
debe habitarlos sino tú misma, dices sentada en posición de loto.
Solo así
brillan las parejas
que molan, te repites a cada rato, solo así brillan los binomios
que tienen las puertas estrechas, los calabozos en los que nadan las
marsopas que se casan a los diecisiete con la barriga llena, con el
himen hecho jirones y las mejillas aún ruborizadas por el primer
beso furtivo a las puertas de una disco de barrio. Así se van
construyendo tus celdas, atestadas
de barrigas y camareros deslucidos, dibujantes tartamudos,
destructores de fin de semana y calor, mucho calor en las orejas,
repetición infame de las noticias sin perder la sonrisa, correlación
directa de los males que marcan una época. Desnutrición ética. No
sé qué monje célibe dijo que la vida no tendría sentido sin la
música. Y yo, humildemente,
creo que es verdad, porque la música amansa a las fieras. Incluso a
ti, me consta.
Haces gala de conocer bien
esta jungla en la que viven animales que viajan sin maleta. Porque su
maleta eres tú. Te abren un hueco en su jauría, amistosos, muy
amables, y te muestran los dientes sonriendo pero tú ya ves más
allá, ya has visto que a la que te descuides te hunden los colmillos
en la yugular o te desabrochan la camisa, y no sabes qué es peor, no
sabes cómo resistirá la amenaza tu alma herida cuando tus tetas
queden al aire y todo el mundo las mire como si no hubieran visto un
par de tetas en su vida.
Yergues la
cabeza atestada de salmodias y lo haces, cantas. Los animales se
quedan pasmados, les sorprende; ellos, así, en su animalidad
uniforme no entienden lo que pasa, no saben si tú estás inmersa en
una fiesta infinita o entonas la melodía para animar tu descomunal
tristeza u otra cosa. Ellos no saben nada de eso, pero lo que sí
saben es que vas de buen rollo. Ellos son listos. Lo perciben. Lo
intuyen. Y a partir de ahí ya todo va como la seda. No más
mordiscos perdidos. No más insultos gratuitos. No más achaques de
última hora. Porque el tiempo, entonces, es solo uno, universal y
compartido, un tiempo planetario que abarca a los animales, a las
cosas que no te pertenecen y también a las cosas que te pertenecen o
te pertenecerán en su momento. Y eso es una maravilla, una auténtica
maravilla, nunca me cansaré de pregonárselo al elocuente y
obstinado eco, que siempre me ha parecido un tipo amistoso, es como
si hubiera alguien que te contestara, que cantara contigo, o llorara
contigo, criaturas incorpóreas que habitan muy cerca de tu corazón,
te saludan con una palmadita suave y delicados soplidos, y un poco de
tartamudeo también, todo hay que decirlo, porque la música con el
eco se desfasa, no va a su tiempo. Tú crees que te acompaña, que
sigue tu ritmo, pero en realidad va a la contra, te enfrenta la
mirada, viene a por ti y eso se nota, se distinguen esas corcheas
afiladas, esas negras desacompasadas, esas redondas desafiantes, esos
pentagramas cargados de amenazantes fusas. Qué pavor me da, no
porque me puedan lastimar, no es eso, pero es solo sentirlas y el
piso me tiembla bajo los pies, el mundo empieza por tener cuatro
esquinas y acaba jalonado por siete u ocho pasillos interminables
llenos de espinas, corredores con baldosas desajustadas que cuando
llueve se llenan de agua y las pisas y te salpica el barro con el que
llenan su vacío, ese lodo que se filtra en tus neuronas, esa
mierdecilla que recorre tus venas promiscuas. Y tras la caza de los
curas célibes vuelves, relajada, entonando tus arpegios.
Solías silbar bajito, todavía
lo haces. En tus labios esa suave melodía sonaba dulce, o tal vez
sea yo el que la escuchaba dulce, no puedo asegurarlo. Las tormentas
han disipado esa música que nos abrazaba y nos unía en un limbo
bien afinado, melodioso, sostenido por la armonía y los compases que
tú marcabas a cada mirada y señal, a cada golpe de labio mientras
te contoneabas, voluptuosa, al cruzar esas habitaciones que se movían
solas, con las lámparas y los visillos y las flores en equilibrio
precario, renaciendo de sus cenizas tras las supuestas enfermedades
venéreas del Feng shui.
Era eso lo
que ansiabas expresar con el formidable desorden, el ave fénix, el
loto sagrado que engullía deseos y proyectos comunes, y promesas.
Recuerdo a más de una persona, y niños y niñas que entraban en tu
habitación y no salían, nunca se volvía a saber de ellos. Es
posible que regresaran transformados e irreconocibles, era eso lo que
tú insinuaste cuando en una ocasión hablamos de ello, eso es lo que
tú dejaste caer. Pero más bien creo que perecían en el simple
regreso tras haberse partido la lengua y las piernas intentando
alcanzar tu meta, intentando cuadrar tus lados, tus
trazos, penetrando en un camino que se iba haciendo muy estrecho y
nadie cabía por él. O tal vez fuera al revés, lo mismo da, un
sendero tan ancho que ya no es un sendero, es toda una pradera
repleta de árboles y de lagos y de cielos abiertos y azules y
resplandecientes, y una vez que caminas sobre ese espacio no es
posible saber en qué dirección avanzas, dónde está el norte y el
sur; eso ya no es un camino, es la deriva programada, el deambular
decrépito y canino, es pólvora mojada entre tus dedos, caracolas
sagradas que renuncian al mar con tal de formar parte de tu área, de
tu desierto habitado por hombres azules que rezan a Alá mientras los
curas célibes olvidan a quién rezan, si es que rezan a alguien, si
es que alguna vez rezaron a alguien, porque yo ya no les escucho
elevar plegarias, es algo más inmediato lo que brota de sus bocas y
de sus laringes inflamadas, es algo grueso, que se hace una bola y
cuesta respirar, una bola llena de culpa e incienso, con ese aroma
que te atrapa y te revuelca en la arena. Porque caes, cuando ese olor
oscuro y denso penetra en tu cerebro caes en el sábulo y te
retuerces y te rebozas de arena, y claro, luego hay que ir a
remojarse. Hay que meterse en el barro lo quieras o no.
El fin de semana que fuimos a
Ciudad Humanoide era un puente, un puente feriado, agrupamos cuatro o
cinco días y nos dimos a la fuga. Aquella margarita la deshojamos
juntos y era par, ella
me quiere, era un sol naciente y luminoso el que se acostaba a
nuestra vera cada noche, entregándonos su vigor y su luz,
haciéndonos partícipes de extraños conjuros, de ininteligibles
cábalas que nos bastaban porque eran nuestras, nada necesitaba ser
argumentado, tus ojeras perpetuas eran las que me unían al mundo,
las que me conectaban abiertamente
con tus sueños, unas ojeras que significaban sexo y brotes
transgénicos y penetrante olor corporal, almizcle hilvanado por un
bostezo que se concreta en haber perdido la maleta con las camisas
planchadas al salir de viaje, y las bragas, y los trajes, y los
sujetadores y en general todo lo que sujeta a duras penas este
conglomerado de exaltados sentimientos. Pero eso daba igual, porque
ahí, en tu sonrisa, o lo que a mí me parecía tu sonrisa entonces
estaba todo. Y yo no necesitaba nada más.
A
la caída del sol reclamas lo tuyo. Que todo lo tuyo se levante y
entre en tu jaula lubricada y hambrienta, febril y caníbal. Fiestas
suicidas en las que se sacrifican almejas de las catacumbas, esos
moluscos antiguos que tardan en despertar de la siesta, te dicen que
van a llegar por la mañana y por la tarde siguen enviando mensajes
de que hay un atasco en la carretera central. Ya te he dicho que
llego en cinco minutos, no hace falta que me llames cada media hora;
y los curas venga que reír, y tú deslizando billetes en esa ranura
de frasco de barro, de cerámica persa, ya estamos de camino gente,
chocando las llaves para hacer ruido, eso de las llaves en la mano
siempre te gustó, indica que por lo menos tienes a dónde llegar,
existe un destino listo para ti mientras los curas célibes se bañan
en un mar prestado, porque no hay un único océano que envuelva la
tierra, no, hay un sinfín de mares anónimos en los que te ahogas
mirando con misericordia al que no tiene para comer, pobrecito, dando
palmadas en el hombro a los desahuciados que hincan la rodilla,
cuando pocos días antes no te pareció oportuno ni glamuroso
invitarles a un bocadillo y un vaso de vino. ¡Que se busquen la
vida!, proxenetas de pobreza en rodillo, de miseria en cadena,
deslucidos sumideros que desembocan en la ruina espartana y severa,
espiritual y magra indigencia, penuria deslomada, cabizbajas
estrecheces que apartas con los codos, te abres paso contra todo
pronóstico y sudas, eso sí, suda como una perra, la tía.
Te ves hermosa, sublime y
capaz en la pugna. Subes
muy erguida
las escaleras de la oficina. ¿O
es en un subterráneo, donde trabajas? Nunca lo he tenido muy claro,
ni siquiera que eso que tú llamas trabajo sea uno, en realidad,
tomar fotos por la noche a farolas y paraguas y rotondas y burritos y
corrales de cemento con alambres, y cajas registradoras a las que les
falta varias teclas, y semáforos en verde y en rojo, y señales de
tráfico triangulares y ventanas abiertas y escaparates deslucidos y
buzones destrozados y bidones de gasolina y
circuitos de repuesto y
silbatos sonando con una sola nota sostenida toda la noche, y gatos
que maúllan,
y soldados parapléjicos que te piden limosna, y hembras solteras, y
abrigos de visón mullidos, y guitarras desvencijadas
y oradores solitarios, y fantasmas, y un tipo envuelto en papel de
aluminio que se pasea triunfante por los muelles de carga, y una
pistola náufraga, huérfana, pinche arma malévola y espía,
funcionaria de la muerte que escucha atenta en la noche, catapulta de
toxinas fluidas, mancebo pulcro
y robusto que llega sin
noticias sobre tu hijo; se acerca con esmero, eso sí, y desliza su
mano en el bolsillo del gabán cuando el obturador va a hacer click y
tomas la instantánea, a pesar de todo tomas la foto y ese momento
con flash se graba a fuego en tu mente mientras las olas asaltan tu
posición una vez más; el navío da bandazos a babor y a estribor,
babor es a la izquierda y estribor a la derecha, ya sé que lo sabes
desde hace tiempo, pero no obstante te lo recuerdo por si acaso, no
vaya a ser que el niño acabe volando por la borda en lugar de
descansar plácidamente
en su cuna, esa
cuna de
un fieltro tan verde como los tapetes de billar que compraste en
aquellas
rebajas del Corte Inglés, bueno, muy inglés no sería, chapurreaba
los buenos días, como mucho, y a trancas y barrancas hizo rodar al
fin la bola negra, la que lleva el número ocho tatuado
en la barriga y si la metes mueres, dicen, aunque eso siempre me
pareció una excusa de lo más vulgar, porque lo que es morir siempre
resultó muy fácil en tu universo, con bolas o sin ellas, sobre todo
para los demás, que mueren y han muerto siempre que da gloria verlo;
mueren por tu indiferencia, mueren por tu desprecio y tu desdén,
mueren por tu sonrisa que no acaba de llegar, mueren porque sí.
Porque al principio hubo un sí.
Sobre la cubierta recién
encerada, junto al palo mayor te desnudas, aséptica. Nunca lo has
hecho, y no creo que lo vuelvas a hacer, por lo menos no de esa forma
contumaz y desabrida, capaz de detener en seco el vuelo de un
gavilán. Ningún problema psicomotor grave. Solo sopapos a
mamarrachos de la familia.
Abres los ojos y el mundo desafina, cada mañana. Tiras con
fuerza de la ventana para que entre el aire y tumbas una puerta para
no perder tiempo en abrirla, ebria. Hirientes rayos de sol calientan
el ambiente.
Eso de
abrir y cerrar es lo que te mantiene con vida en este resbaladizo
túnel cenagoso, aunque más que de abrir y cerrar tal vez habría
que hablar de mete y saca a secas. Mete y saca me gusta, mete y saca
te gusta, el mete y saca es bonito, hasta los animalitos lo
practican. Y sacas un conejo blanco de la chistera ante sus
ilusionadas miradas pueriles.
Al rato
bostezas, caes en la cuenta de que no hay café en la despensa y das
un paso atrás, te ves en la disyuntiva de vestirte a todo correr y
bajar a tomar un solo doble o comprar un paquete de Colombia y subir
de nuevo a la casa y metértelo de un tiro. Tragas saliva. Casi te
atragantas, porque el plan que tenías era muy otro. Era tomarte unos
cereales con leche y acompañar al niño al colegio. Pero eso está
muy lejos, no el colegio, que está a la vuelta de la esquina, sino
la idea de la obligación cotidiana, oculta en otra dimensión, ajena
a ti. Casi te amo, alcancé a escuchar.
Las
olas te rebasan, la espuma te cubre, y brillas. Eres de oro cada
noche y te exprimo, tu jugo me envuelve en un resplandor opaco del
que me unto de los pies a la cabeza, despacio, con esmero, para
adorarte mientras observas hierática las sonrisas confiadas de la
prole entre sábanas blancas, recién planchadas y perfumadas con tu
mirada de azufre.
Contemplas
la escena con absoluta calma. Saludos estentóreos se escuchan entre
los gladiadores que acuden a la fiesta. No olvides que tú siempre
has llamado fiesta a todos los naufragios y tributos al dios Marte,
con sus rojas pestañas que producen un viento enloquecido, ese
viento que sopla de poniente cuando dices: ¿es a mí? Sí, claro que
es a ti, querida. Es a ti no solo a quien me dirijo, sino a quien
disfruto y a quien amo y a quien he venido a destruir. Todo ello en
el mismo ataque endemoniado.
Sin duda
hay un oasis en alguna parte, con agua, con brisa, con wifi, con
palmeras y cocos, con todo lo necesario para salvar nuestras vidas en
la balsa que hemos botado tras quemar los mástiles y las velas del
navío. Vamos.
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