No dijiste nada cuando presentiste el naufragio. Vi que estirabas una amplia sonrisa, cruzabas las piernas y apretabas tus moléculas una sobre la otra, inaccesible, impenetrable, flotando tímida y terrible sobre el humo del cigarrillo que encendías con parsimonia mientras anunciabas con una voz dulce y grave que me hizo estremecer: «Se nos está haciendo tarde, querido». Y era cierto. Muy a mi pesar era cierto. Se nos estaba haciendo tarde, sí; las olas habían invadido la cubierta y el vigoroso viento racheado amenazaba ya con derribar el mástil principal del navío de hierro que comandabas y comandaba yo a veces también, creo, tendrás que reconocer que esporádicamente yo también he llevado el timón y hasta he sorteado alguna que otra borrasca, aunque con resultados diversos, eso es cierto, vías de agua e incesto, sudoración extrema, huracanes que arrancan las velas de un manotazo y te dejan desnuda frente al espejo con esos senos blancos, tersos y globales que te preceden en la lucha, rastreando el terreno con decisión y paso firme, trotando feliz y despreocupada en los prados plagados de minas, descubriendo continentes anegados y embarrados de los que siempre sacas una enseñanza, lo que no te mata te hace más fuerte, dices cuando ya te faltan cuatro brazos y cinco piernas y varios hígados tras la interminable y encarnizada batalla, lo que no te mata te hace más fuerte. Desde luego, amor, te hace mucho más fuerte, pon cuidado que se te cae la sopa por la comisura de los labios, el brazo biónico que te han tenido que injertar tras el último arrebato no atina bien, sabes de sobra que tienes que practicar un poco aún antes de llegar a poder ser ¿autosuficiente, dicen? Convendrás conmigo que es una palabra un tanto extraña. El mundo, mi mundo comenzó con un sí. Y autosuficiencia suena a no. A un no autoinmune y automático, repetitivo, autoritario, un no en cascada, doscientos mil noes desatados y traviesos que empujan en un descuido tu cuchara de fideos humeantes y consiguen entre risas que el puré no llegue a la boca y se derrame sobre tu babero, mientras una lágrima asoma en tus ojos y dice, muy bajito, casi de forma imperceptible: «Basta».
Pero nada más decirlo recuerdas que el universo y su prehistoria llevan todo un día dando vueltas, un día cinético y circular, bucles de tiempo desatado y confuso.
Siempre has sabido, o intuido, que esto es un asunto de moléculas y cromosomas y pasiones inconfesables que nacen ahí, en las mitocondrias de esas células que se multiplican sin fin en tu interior y te hacen pronunciar incongruencias. Y ejecutarlas, que es peor. Qué le voy a decir a mi hijo el lunes por la mañana, porque el fin de semana que lo precede derribas un par de pinos y los conviertes en mondadientes, madera picada pero con su forma, con su utilidad incuestionable, unidades servibles, unidades de confort mórbido que se te clavan en la encía chirriando, con furia planetaria, porque a nadie le gusta ver sus sueños estuchados en una caja de palillos planos que buscan restos de comida y babas de mono.
A la gente le gusta cuando te pones el vestido amarillo, cuando sonríes y brillan tus dientes de arroz, cuando la tarima está sana y retumba con tus altos tacones que bailan una melodía alegre y familiar en la sobremesa regada de vino tinto, espeso, tibio, algún niño tirándote de la manga y pidiendo que cantes otra, o que le des otro caramelo de fresa, o que te acurruques con él apretaditos junto a la estufa de incienso. A la gente le gusta sentir que forma parte de tu alegría, que tu anillo es su anillo, que tus heridas solo te importan a ti y que nunca hay mucha ropa por lavar, qué bien que huele todo. A la gente le gusta saber que no son tú. Y a ti también te gustaría no ser tú, me consta. Te pones en órbita en cualquier acera que tenga un semáforo en rojo y echas a volar con decisión, o por lo menos eso es lo que me parece a mí desde aquí, en el oscuro interior de esta incómoda gruta resbalosa desde la que sigo tus movimientos adustos.
Apareció el cartero a eso de las doce y hubo por fin calma. Cómo le agradecí su llegada, esa intromisión carterística característica de los carteros que recorren la ciudad no en busca de nada, sino repartiendo universos en sobres franqueados. Me resulta obsceno que se presten a ello mis vecinos, pero más indecente si cabe me parece que seas tú la que se presta, una colección de palillos provechosos e inservibles junto a un taco ingente de sellos, una torre de estampitas caducas, decenas de insultos contenidos y declaraciones de amor abortadas, pero eso sí, con su firma y su rúbrica bien visibles, no vayan a carecer de identidad y se pierdan en las tempestades de sueños y anhelos de los cafres que te rodean, que te habitan, que cobijan tus malogradas y enfermas ambiciones, pero enfermas de un resfriaducho bañado en mocos, no una enfermedad venérea de tanto follar en los jardines de los lujuriosos dioses, no, nada de eso, ambiciones desgastadas en conversaciones estériles y eternas, sueños marchitos por haber perdido el autobús porque está lloviendo y cosas así.
Los verdaderos sueños —si es que existen sueños verdaderos y falsos— son demasiado grandes para viajar en un sobre, necesitan un vagón con chimenea y nevera. No hay nada que le siente peor a un sueño compartido que los cambios de temperatura, tu temperatura fría, gélida, mi temperatura que hierve, tu temperatura en ebullición, mi temperatura cubierta de hielo en un mismo sueño que salta por los aires como un vagón en vía muerta, loca locomotora que viaja sin rumbo hacia un horizonte trazado por firmes raíles de acero y tu corazón caníbal. Sí, ya sé que eres vegetariana, desde luego, qué me vas a contar.
Cuando fuimos de excursión al monasterio de los curas célibes dejaste las compuertas bien abiertas. Fue por ahí por donde entraron las primeras olas, los primeros y tímidos tifones se gestaron ahí, en esos amplios ojos de buey que tú cubriste con hermosos visillos, hechos a ganchillo, creo. Un espacio franco y luminoso sobre el que se erigía aquella escalera de caracol que te trasladaba a un nuevo universo; se trata de dar vueltas, sube y baja escandaloso en cada maniobra y exhibición, canturreando con rabia cuaternaria un par de sílabas, y letras y palabras, y letras y frases que se deshacen, que estallan en tus manos porque lo que es tú hablas sin filtros, siempre dices lo que piensas, caiga quien caiga.
Y es así, querida, como se escalda el ambiente, la plataforma unida y barroca, la coca-cola de la vida amorfa. Creo que fue toda esa cafeína la que consiguió desquiciarte tan de cuajo, tan sopapo que te mereces.
Tú, que has anidado en mi mente desde siempre, desde que tengo recuerdo y memoria vives ahí, vagando entre la niebla de tu propio embrujo, como una reina. Aunque una reina un poco nerviosa, eso sí, esa pierna tuya a cada rato bamboleante, ritmo tipo tembleque deslomando el urinario entre rayas oblicuas que estremecen. Es Roca, claro que es Roca. De la buena.
Esa fue la primera vez que te escuché cantar en la tormenta. Tengo que decir que suena bonita tu voz camuflada, oculta entre corcheas y diapasones insanos. Mullidas claves de sol se agolpan entre las costuras de tu vestido de seda, confusas baladas desafinadas sobre las que emerges con el pelo suelto, con el estómago abigarrado de conjuros y desbocados animales de granja en manada, todo ello envuelto en una sinfonía atronadora y turbia sobre la que se intuye a Brahms. ¡Brahms!, más o menos así sonó mi corazón cuando se desplomó todo aquello. ¡Brahms! Eran notas asincopadas y maltrechas, eran notas que asomaban tras las esquinas y te entraban por los oídos rampando, a rastras, hincando los codos en los tímpanos enrojecidos por el cloro, ese cloro con el que llenabas la piscina con forma de guitarra que adornaba tu jardín repleto de flores y plantas, una selva acuosa más allá de los sollozos de tus amigos más próximos, y quien dice amigos dice también familiares y hasta amantes de todos los signos, en esa jungla canela que se extiende a través de tus largos paseos por los dominios de estos curas célibes y también un poco cabreados, sobre todo los fines de semana en los que aparece tanta gente con ganas de deambular por delante de su misión, de su monasterio, de ese trocito de playa que ellos creían que era suya pero que en realidad es de todo el mundo y todo el mundo opina, y hasta colocan piedras en forma de torreta, y sombrillas, y construyen castillos de arena sobre los que los más osados incrustan pedacitos de sus vidas y te los muestran a la luz del sol, así, tan campantes, echándote su fétido aliento mientras mastican tortilla de patatas, o tabaco, o chicles apestosos.
Tú te mostrabas muy comprensiva y hasta cariñosa con ellos. Me invadía la ternura al observarte desde la distancia, ver cómo acariciabas las cabezas de sus chiquillos, te escondías formando parte de sus torpes juegos y les regalabas tu sonrisa madura y traviesa. Eso les fascinaba. Era un primor verlo. Y volvían al día siguiente. Pronto instalaron una tienda de campaña en la playa de los curas célibes y jugaban largas horas al parchís. Se mareaban con la luz cenital del mediodía. Santos. El rubito pequeño se llamaba Santos. En realidad todos eran santos, no me cabe la menor duda. O tal vez fueras tú la santa y yo no supe verlo, nublado por esas gafas de sol que me regalaste el día de nuestro aniversario y que yo no me quité jamás, satisfecho, orgulloso, casi levitando sobre el techo de lo que hemos edificado juntos y nos pertenecerá por siempre.
Lo que no te aporta te resta, decías, o lo que no te suma te resta, algo así, pero en cualquier caso se trataba de una operación aritmética de gran valor moral.
Tú siempre tan aficionada a atribuirte palabras ajenas, gestos ajenos, modales ajenos, gustos ajenos, hasta que llegaste a no saber quién eras en realidad, si eras tú o un conglomerado de turistas en tu corazón siempre de fiesta.
Resulta molesto que alguien, de improviso, irrumpa en tus sueños. Tus sueños son tuyos, no tienen derecho a inmiscuirse, a entrometerse, nadie debe habitarlos sino tú misma, dices sentada en posición de loto.
Solo así brillan las parejas que molan, te repites a cada rato, solo así brillan los binomios que tienen las puertas estrechas, los calabozos en los que nadan las marsopas que se casan a los diecisiete con la barriga llena, con el himen hecho jirones y las mejillas aún ruborizadas por el primer beso furtivo a las puertas de una disco de barrio. Así se van construyendo tus celdas, atestadas de barrigas y camareros deslucidos, dibujantes tartamudos, destructores de fin de semana y calor, mucho calor en las orejas, repetición infame de las noticias sin perder la sonrisa, correlación directa de los males que marcan una época. Desnutrición ética. No sé qué monje célibe dijo que la vida no tendría sentido sin la música. Y yo, humildemente, creo que es verdad, porque la música amansa a las fieras. Incluso a ti, me consta.
Haces gala de conocer bien esta jungla en la que viven animales que viajan sin maleta. Porque su maleta eres tú. Te abren un hueco en su jauría, amistosos, muy amables, y te muestran los dientes sonriendo pero tú ya ves más allá, ya has visto que a la que te descuides te hunden los colmillos en la yugular o te desabrochan la camisa, y no sabes qué es peor, no sabes cómo resistirá la amenaza tu alma herida cuando tus tetas queden al aire y todo el mundo las mire como si no hubieran visto un par de tetas en su vida.
Yergues la cabeza atestada de salmodias y lo haces, cantas. Los animales se quedan pasmados, les sorprende; ellos, así, en su animalidad uniforme no entienden lo que pasa, no saben si tú estás inmersa en una fiesta infinita o entonas la melodía para animar tu descomunal tristeza u otra cosa. Ellos no saben nada de eso, pero lo que sí saben es que vas de buen rollo. Ellos son listos. Lo perciben. Lo intuyen. Y a partir de ahí ya todo va como la seda. No más mordiscos perdidos. No más insultos gratuitos. No más achaques de última hora. Porque el tiempo, entonces, es solo uno, universal y compartido, un tiempo planetario que abarca a los animales, a las cosas que no te pertenecen y también a las cosas que te pertenecen o te pertenecerán en su momento. Y eso es una maravilla, una auténtica maravilla, nunca me cansaré de pregonárselo al elocuente y obstinado eco, que siempre me ha parecido un tipo amistoso, es como si hubiera alguien que te contestara, que cantara contigo, o llorara contigo, criaturas incorpóreas que habitan muy cerca de tu corazón, te saludan con una palmadita suave y delicados soplidos, y un poco de tartamudeo también, todo hay que decirlo, porque la música con el eco se desfasa, no va a su tiempo. Tú crees que te acompaña, que sigue tu ritmo, pero en realidad va a la contra, te enfrenta la mirada, viene a por ti y eso se nota, se distinguen esas corcheas afiladas, esas negras desacompasadas, esas redondas desafiantes, esos pentagramas cargados de amenazantes fusas. Qué pavor me da, no porque me puedan lastimar, no es eso, pero es solo sentirlas y el piso me tiembla bajo los pies, el mundo empieza por tener cuatro esquinas y acaba jalonado por siete u ocho pasillos interminables llenos de espinas, corredores con baldosas desajustadas que cuando llueve se llenan de agua y las pisas y te salpica el barro con el que llenan su vacío, ese lodo que se filtra en tus neuronas, esa mierdecilla que recorre tus venas promiscuas. Y tras la caza de los curas célibes vuelves, relajada, entonando tus arpegios.
Solías silbar bajito, todavía lo haces. En tus labios esa suave melodía sonaba dulce, o tal vez sea yo el que la escuchaba dulce, no puedo asegurarlo. Las tormentas han disipado esa música que nos abrazaba y nos unía en un limbo bien afinado, melodioso, sostenido por la armonía y los compases que tú marcabas a cada mirada y señal, a cada golpe de labio mientras te contoneabas, voluptuosa, al cruzar esas habitaciones que se movían solas, con las lámparas y los visillos y las flores en equilibrio precario, renaciendo de sus cenizas tras las supuestas enfermedades venéreas del Feng shui.
Era eso lo que ansiabas expresar con el formidable desorden, el ave fénix, el loto sagrado que engullía deseos y proyectos comunes, y promesas. Recuerdo a más de una persona, y niños y niñas que entraban en tu habitación y no salían, nunca se volvía a saber de ellos. Es posible que regresaran transformados e irreconocibles, era eso lo que tú insinuaste cuando en una ocasión hablamos de ello, eso es lo que tú dejaste caer. Pero más bien creo que perecían en el simple regreso tras haberse partido la lengua y las piernas intentando alcanzar tu meta, intentando cuadrar tus lados, tus trazos, penetrando en un camino que se iba haciendo muy estrecho y nadie cabía por él. O tal vez fuera al revés, lo mismo da, un sendero tan ancho que ya no es un sendero, es toda una pradera repleta de árboles y de lagos y de cielos abiertos y azules y resplandecientes, y una vez que caminas sobre ese espacio no es posible saber en qué dirección avanzas, dónde está el norte y el sur; eso ya no es un camino, es la deriva programada, el deambular decrépito y canino, es pólvora mojada entre tus dedos, caracolas sagradas que renuncian al mar con tal de formar parte de tu área, de tu desierto habitado por hombres azules que rezan a Alá mientras los curas célibes olvidan a quién rezan, si es que rezan a alguien, si es que alguna vez rezaron a alguien, porque yo ya no les escucho elevar plegarias, es algo más inmediato lo que brota de sus bocas y de sus laringes inflamadas, es algo grueso, que se hace una bola y cuesta respirar, una bola llena de culpa e incienso, con ese aroma que te atrapa y te revuelca en la arena. Porque caes, cuando ese olor oscuro y denso penetra en tu cerebro caes en el sábulo y te retuerces y te rebozas de arena, y claro, luego hay que ir a remojarse. Hay que meterse en el barro lo quieras o no.
El fin de semana que fuimos a Ciudad Humanoide era un puente, un puente feriado, agrupamos cuatro o cinco días y nos dimos a la fuga. Aquella margarita la deshojamos juntos y era par, ella me quiere, era un sol naciente y luminoso el que se acostaba a nuestra vera cada noche, entregándonos su vigor y su luz, haciéndonos partícipes de extraños conjuros, de ininteligibles cábalas que nos bastaban porque eran nuestras, nada necesitaba ser argumentado, tus ojeras perpetuas eran las que me unían al mundo, las que me conectaban abiertamente con tus sueños, unas ojeras que significaban sexo y brotes transgénicos y penetrante olor corporal, almizcle hilvanado por un bostezo que se concreta en haber perdido la maleta con las camisas planchadas al salir de viaje, y las bragas, y los trajes, y los sujetadores y en general todo lo que sujeta a duras penas este conglomerado de exaltados sentimientos. Pero eso daba igual, porque ahí, en tu sonrisa, o lo que a mí me parecía tu sonrisa entonces estaba todo. Y yo no necesitaba nada más.
A la caída del sol reclamas lo tuyo. Que todo lo tuyo se levante y entre en tu jaula lubricada y hambrienta, febril y caníbal. Fiestas suicidas en las que se sacrifican almejas de las catacumbas, esos moluscos antiguos que tardan en despertar de la siesta, te dicen que van a llegar por la mañana y por la tarde siguen enviando mensajes de que hay un atasco en la carretera central. Ya te he dicho que llego en cinco minutos, no hace falta que me llames cada media hora; y los curas venga que reír, y tú deslizando billetes en esa ranura de frasco de barro, de cerámica persa, ya estamos de camino gente, chocando las llaves para hacer ruido, eso de las llaves en la mano siempre te gustó, indica que por lo menos tienes a dónde llegar, existe un destino listo para ti mientras los curas célibes se bañan en un mar prestado, porque no hay un único océano que envuelva la tierra, no, hay un sinfín de mares anónimos en los que te ahogas mirando con misericordia al que no tiene para comer, pobrecito, dando palmadas en el hombro a los desahuciados que hincan la rodilla, cuando pocos días antes no te pareció oportuno ni glamuroso invitarles a un bocadillo y un vaso de vino. ¡Que se busquen la vida!, proxenetas de pobreza en rodillo, de miseria en cadena, deslucidos sumideros que desembocan en la ruina espartana y severa, espiritual y magra indigencia, penuria deslomada, cabizbajas estrecheces que apartas con los codos, te abres paso contra todo pronóstico y sudas, eso sí, suda como una perra, la tía.
Te ves hermosa, sublime y capaz en la pugna. Subes muy erguida las escaleras de la oficina. ¿O es en un subterráneo, donde trabajas? Nunca lo he tenido muy claro, ni siquiera que eso que tú llamas trabajo sea uno, en realidad, tomar fotos por la noche a farolas y paraguas y rotondas y burritos y corrales de cemento con alambres, y cajas registradoras a las que les falta varias teclas, y semáforos en verde y en rojo, y señales de tráfico triangulares y ventanas abiertas y escaparates deslucidos y buzones destrozados y bidones de gasolina y circuitos de repuesto y silbatos sonando con una sola nota sostenida toda la noche, y gatos que maúllan, y soldados parapléjicos que te piden limosna, y hembras solteras, y abrigos de visón mullidos, y guitarras desvencijadas y oradores solitarios, y fantasmas, y un tipo envuelto en papel de aluminio que se pasea triunfante por los muelles de carga, y una pistola náufraga, huérfana, pinche arma malévola y espía, funcionaria de la muerte que escucha atenta en la noche, catapulta de toxinas fluidas, mancebo pulcro y robusto que llega sin noticias sobre tu hijo; se acerca con esmero, eso sí, y desliza su mano en el bolsillo del gabán cuando el obturador va a hacer click y tomas la instantánea, a pesar de todo tomas la foto y ese momento con flash se graba a fuego en tu mente mientras las olas asaltan tu posición una vez más; el navío da bandazos a babor y a estribor, babor es a la izquierda y estribor a la derecha, ya sé que lo sabes desde hace tiempo, pero no obstante te lo recuerdo por si acaso, no vaya a ser que el niño acabe volando por la borda en lugar de descansar plácidamente en su cuna, esa cuna de un fieltro tan verde como los tapetes de billar que compraste en aquellas rebajas del Corte Inglés, bueno, muy inglés no sería, chapurreaba los buenos días, como mucho, y a trancas y barrancas hizo rodar al fin la bola negra, la que lleva el número ocho tatuado en la barriga y si la metes mueres, dicen, aunque eso siempre me pareció una excusa de lo más vulgar, porque lo que es morir siempre resultó muy fácil en tu universo, con bolas o sin ellas, sobre todo para los demás, que mueren y han muerto siempre que da gloria verlo; mueren por tu indiferencia, mueren por tu desprecio y tu desdén, mueren por tu sonrisa que no acaba de llegar, mueren porque sí. Porque al principio hubo un sí.
Sobre la cubierta recién encerada, junto al palo mayor te desnudas, aséptica. Nunca lo has hecho, y no creo que lo vuelvas a hacer, por lo menos no de esa forma contumaz y desabrida, capaz de detener en seco el vuelo de un gavilán. Ningún problema psicomotor grave. Solo sopapos a mamarrachos de la familia.
Abres los ojos y el mundo desafina, cada mañana. Tiras con fuerza de la ventana para que entre el aire y tumbas una puerta para no perder tiempo en abrirla, ebria. Hirientes rayos de sol calientan el ambiente.
Eso de abrir y cerrar es lo que te mantiene con vida en este resbaladizo túnel cenagoso, aunque más que de abrir y cerrar tal vez habría que hablar de mete y saca a secas. Mete y saca me gusta, mete y saca te gusta, el mete y saca es bonito, hasta los animalitos lo practican. Y sacas un conejo blanco de la chistera ante sus ilusionadas miradas pueriles.
Al rato bostezas, caes en la cuenta de que no hay café en la despensa y das un paso atrás, te ves en la disyuntiva de vestirte a todo correr y bajar a tomar un solo doble o comprar un paquete de Colombia y subir de nuevo a la casa y metértelo de un tiro. Tragas saliva. Casi te atragantas, porque el plan que tenías era muy otro. Era tomarte unos cereales con leche y acompañar al niño al colegio. Pero eso está muy lejos, no el colegio, que está a la vuelta de la esquina, sino la idea de la obligación cotidiana, oculta en otra dimensión, ajena a ti. Casi te amo, alcancé a escuchar.
Las olas te rebasan, la espuma te cubre, y brillas. Eres de oro cada noche y te exprimo, tu jugo me envuelve en un resplandor opaco del que me unto de los pies a la cabeza, despacio, con esmero, para adorarte mientras observas hierática las sonrisas confiadas de la prole entre sábanas blancas, recién planchadas y perfumadas con tu mirada de azufre.
Contemplas la escena con absoluta calma. Saludos estentóreos se escuchan entre los gladiadores que acuden a la fiesta. No olvides que tú siempre has llamado fiesta a todos los naufragios y tributos al dios Marte, con sus rojas pestañas que producen un viento enloquecido, ese viento que sopla de poniente cuando dices: ¿es a mí? Sí, claro que es a ti, querida. Es a ti no solo a quien me dirijo, sino a quien disfruto y a quien amo y a quien he venido a destruir. Todo ello en el mismo ataque endemoniado.
Sin duda hay un oasis en alguna parte, con agua, con brisa, con wifi, con palmeras y cocos, con todo lo necesario para salvar nuestras vidas en la balsa que hemos botado tras quemar los mástiles y las velas del navío. Vamos.
© Max Nitrofoska

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